domingo, 27 de noviembre de 2016

El encuentro del Café Novelti



Dedico mi cuento dominical a Mercedes Reinosa por querer visitar Salamanca no sólo mirándola a través de la vista, si no contemplándola con todos los sentidos. Gracias por su amistad y comprensión.

El encuentro del Café Novelti

El viajero solitario camina por las sobrias calles de la ciudad del Tormes. Busca la musa que le inspire en su ceguera de escritor perdido. Muchos son los lugares recorridos, pocos en los que se ha sentido pleno de luz creativa. Intuye que esta vez sí lo va a conseguir, que volverá a encontrarse con aquélla que mueva sus dedos por la sensual y tentadora piel de la Literatura. No sabe, busca, persigue sin descanso una luz que él sabe bien, vedada para siempre. Desemboca en la Plaza Mayor, recorre despacio sus soportales.
-anda, Mercedes. Vamos a hacer una paradita en ese café tan chulo, que tanta Cultura da mucha sed. No veas cómo tengo los pies de patear esta ciudad. Que sí, que está genial pero que ya no doy más de sí.
-Hija, Ana, si queremos ver cosas, habremos de caminar. Pero, sí; entremos en ese café de tanta Historia e historias como es el Novelti. Es uno de los sitios que marqué en la guía como imprescindibles. ¿Sabes que fue inaugurado en 1905 y que es uno de los más antiguos de España?
El viajero franquea las puertas del Novelti. Recuerda que allí tuvieron asiento insignes como Unamuno, Ortega y Gasset, Martín Gaite  o Torrente Ballester; que fue allí donde nacería Radio Nacional y que las tertulias literarias alcanzarían categoría de magno acontecimiento. Mesas de mármol, sillones de piel, decoración suntuosa, consumiciones bien servidas. Se sentará allí y escuchará. Qué otra cosa habrá de hacer. Lo suyo es escuchar, observar, soñar, escribir. Solitario siempre, viajero que nunca termina de encontrar su Ítaca o acaso es que no exista para él, como tampoco la Penélope que tanto ansía conocer..
-Ufff, qué chulo es todo esto, Ana. ¿Te imaginas? ¿Te imaginas que nosotras fuéramos escritoras. Abriríamos un cuaderno en blanco y con la pluma trazaríamos letras al aire.
-Yo ahora lo único que me imagino es una cerveza bien fría.
-En ese cuaderno escribiríamos la historia de un valiente príncipe que simula ser mendigo y una cautiva mora de ojos negros como la noche y voz sensual como de madrugada.
El viajero se ha sentado en una de las mesas del fondo. Pedirá un café solo, solo como él y se pondrá a contemplar, oído en ristre. No lejos de donde él se encuentra, las voces de dos mujeres conversan animadas. De entre el resto, son ellas las que más le llamarán la atención. ¿Tal vez por la discordancia de la una y la otra? ¿Acaso por lo prometedor de lo que transmite una de ellas? Sí, ésa que fabula un cuento de príncipes valientes y moras cautivas tan cercano a las leyendas románticas de su siglo predilecto.
¿Cómo serán ellas? ¿De qué color serán sus ojos? ¿Y su melena? Vestirán de manera informal, no en vano son turistas, o igual no, igual son salmantinas, qué sabe él.
-Buenas tardes, señoritas, ¿me dejan que les recite un poema de pícaro estudiante?
El viajero solitario escucha y sonríe. Otro pedigüeño más. A él, igual, al momento de entrar en la Plaza Mayor también se le acercó otra poeta ofreciéndole la misma mercancía. Se ve que lo tienen bien organizado: a ellas, un galante letrista de capa y sombrero; a ellos, una damisela de saya y escote picarescos.
-No estamos para poemas ni para nada. Por cierto, vaya rollo eso de la Cueva. Mucho hablar del demonio y de sus clases y nada de nada. Humedad, muchas escaleras y angostos pasillos. Lo que sí me ha gustado es el Jardín de Calixto y Melibea.
-Bueno, Ana. Ya sabemos que a ti te va más la naturaleza, pero no me digas que no hay aquí materia de inspiración literaria. Y que no se te olvide el bueno del Lazarillo.
El pedigüeño pasa de largo, una vez que les ha dejado un pliego con un poema. Luego regresará, bien a recogerlo o bien a cobrarse alguna moneda a cambio.
 -Vaya, se me ha olvidado cómo seguía nuestro cuento del príncipe y la mora. Claro, tú ni idea, seguro.
-¿Yo? Ni idea. Ya sabes que a mí me interesan más las historias policiacas de intriga. Los amores y lo exótico te lo dejo a ti. Mira que nos llevamos bien y que viajamos juntas por tantos sitios, pero qué distintas somos.
-Disculpen… ¿qué les parece si hacemos que el príncipe salte desde el puente al río que da acceso a la mazmorra en que está cautiva la mora?
.-Ah, podría ser. Muchas gracias, señor.
-Espero no molestarlas, pero… no he podido por menos que interesarme por su cuento.
-No es molestia. Seguro que a usted también le habrá distraído el tipo ése de los poemas.
-Ah, no. A mí, no. Creo que sólo se pasa por las mesas en que hay señoras. ¿Son ustedes de aquí?
-No, hemos venido a conocer Salamanca. Pero siéntese. ¿Me querrá ayudar a ponerle fin al cuento? Mientras tanto mi amiga Ana descansa.
-¿Qué final le gustaría ponerle? Lo fácil es el clásico rescate y amor eterno. Otro podría ser más atrevido… la mora es una bruja que encanta a todos los que quieren liberarla y los convierte en piedra…
-jajajajja. Sí sí, eso me gusta.
-Ana, qué poco romántica eres. A mí me gusta que los cuentos accaben bien. ¿Y a usted?
-Bueno, me gustaría poder decir lo mismo, aunque por desgracia lo normal es que acaben mal. Si esto que ahora nos está ocurriendo fuera un cuento, puede que lo deseable es que acabara en un flechazo entre alguna de ustedes y yo, pero lo que sucederá es que ustedes se marcharán por su camino y yo por el mío. Así son los cuentos.
-¿Así? O a lo mejor no. Usted me enseña a buscarles finales a mis cuentos y yo a encontrar principios a los romances.
-Ah. No está mal, no está mal.
-Uy uy uy, cómo se pone la cosa.
-Bah, no se crean. Total, es solo un cuento. Miren, ya vuelve el poeta. ¿Qué le van a decir?
-Que se meta el poema por donde le quepa.
-jajajjajaja. Un poema que quema no es poema si no compone zalema.
El viajero sabe que los cuentos, cuentos son. Pronto pondrá una excusa y dirá que le esperan. Dejará a las dos amigas, aceptará la invitación al café y partirá de nuevo.
-Qué simpático ese señor. Es raro. No sé, me ha dejado perpleja.
-Ay, ay. Qué cosas tiene la Literatura. Anda, vamos a seguir visitando la ciudad. Que si no me dirás que vaya sosa que soy. Saca la guía y…
¿Y si…? ¿Y si por una vez los cuentos acabaran bien? Qué sabe el viajero solitario. Una mujer con aires de mora saldrá a su encuentro, ¿qué le dirá? ¿Qué hará con él?




  

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martes, 22 de noviembre de 2016

Presentación de La partida de cartas y otras historias de la Vieja Dama



Como todo en la vida, se prepara, se espera, se disfruta y se recuerda.
Así es. La presentación de mi tercer libro llegó y queda ya para el recuerdo, una vez pasada y preparada con tanta ilusión como la primera.
A las presentaciones de Huellas de Luz aquel 3 de julio de 2012 y de Mis pequeñas odiseas ese otro 12 de diciembre de 2014, se suma ahora la del 17 de noviembre de este 2016.
Cada una de ellas en lugares distintos, Madrid, Zaragoza y Barcelona; cada una de ellas igual de emocionantes y cargadas de sentimientos.
En concreto, la que ahora nos ocupa  tuvo lugar en el Casal Can travi, del barcelonés barrio de Vall d’Hebron y en ella participaron Mercedes Pajarón, Presidenta de la Asociación Cultural Cau Artistic, como editores del libro; Marilén Barceló, doctora en Psicología; y el grupo musical Shazam, que amenizaron el acto con un conjunto de canciones melódicas de los años 60 y 70.
Se hizo mención a los detalles del libro y cómo se han cuidado al máximo con la cubierta que presenta un relieve de una de las cartas de la baraja francesa, el tipo de letra y su contraste con el papel, la corrección ortográfica, etc. Se analizaron los relatos para concluir que el libro es un tanto provocador al querer hacer un canto a la Vida a partir de la presencia constante de la Muerte, de tal manera que nos invita a jugar esa partida que, aun sabiendo tenemos perdida de antemano, la peleemos y disfrutemos a cada momento.
Por mi parte, quise reconocer mi admiración por la literatura del siglo XIX y por esa apuesta clara y apasionada en que hemos de jugar la citada partida, además de resaltar la especial relación que, desde siempre, me ha unido y continúa uniendo, a la capital catalana, una ciudad con tantas connotaciones literarias, además.
Al día siguiente, como complemento a la cita del jueves, participé en un estupendo coloquio en la sede de la ONCE. En él se puso de manifiesto la importancia de la lectura, especialmente a través del braille, de aquello que mueve a escribir y del papel tan necesario que deben jugar las editoriales modestas que apuestan por la calidad con realismo y entusiasmo, como es el caso de Cau Artistic.
Se me pidió que resumiera en tres conceptos lo que me gustaría que se llevaran los asistentes. No lo dudé: disfrutar de la Vida con ilusión y plenitud, hacer de la lectura una fiel compañera de nuestro viaje vital y poner el fuego de la pasión en todo cuanto hacemos.
Destacaré, además, la magnífica dramatización que Mercedes llevó a cabo de uno de los textos al responder a la petición de una de las personas ciegas que asistió al coloquio de la ONCE. Leído por ella, el relato cobró una dimensión increíblemente vibrante.
Más allá de los 30 ejemplares vendidos y de las personas que me acompañaron, me quedo una vez más con lo que para mí son las puestas de largo de mis libros: momentos para disfrutar en compañía de esa pasión mía por la literatura y ser motivo de celebración festiva de esta lucha quimérica que me mueve a aportar luz, generosidad y sonrisas.
Pero es que a todo ello, sumo otros inolvidables momentos que han envuelto ese regalo con mucha emoción y gratitud: el que mi cuñada me acompañase, el que tanta gente se volcara para que todo saliera bien y a tiempo (incluso atravesando la ciudad en hora punta salvando el tráfico), el reencontrarme con mi querida Marta, a la que la enfermedad no amilana a pesar de todo y con la que recuperamos momentos felices de complicidad, la magnífica acogida de mis compañeras y compañeros del Servicio bibliográfico.
Pero,claro, a las emociones y sentimientos, ha de alimentárseles con unas buenas dosis de ricos platos gastronómicos en entornos tan estupendos como el asador Casa Aranda modernista o el moderno Abrásame en el Centro Comercial Las Arenas.
Pasear de nuevo junto al mar del Maresme y escuchar su majestuoso sonido, igual que recorrer calles como el Paseo de Gracia o el de San Juan y la Avenida Valencia y descubrir establecimientos únicos como la floristería Navarro o la Casa Amatller. Sin que dejáramos, faltaría más, de visitar la Sagrada Familia por mucho que no me dejaran subir a la torre, no fuera a ser que el cieguito recuperara la vista desde las alturas y tuviera algún problemilla. Claro que… también pude haberla recuperado con la fastuosa tarta de zanahoria que hizo de postre en Pirineu en Boca. Pero nada de nada.
Recuerdos imborrables que me ayudan a vivir a pesar de que, como dije, cada vez que me despido de Barcelona muero un poco más.
Escucho el mar en la mañana de domingo con sonidos de paz y fuerza misteriosa.
Acaricio la piedra de construcciones del gran Gaudí soñando que se transforma en la piel de aquélla que debiera ser mi amada y musa, pero que es la Palabra.
Miro al horizonte de los ojos de las personas con que me cruzo mientras paseo y hablo, queriéndome perder por el laberinto de sus fantasías.
Huelo el aire y la brisa y la flor. Ellas me hablan de sueños y luz.
Sensaciones y recuerdos que quedan para siempre en una sinfonía de irrealidad fantasmagórica: una Dama, quién sabe si joven o vieja, guapa o fea; una carta que alguien me tiende. Qué sé yo lo que debo hacer. ¿Acaso volver a intentarlo? ¿Volver a atreverme? ¡Un nuevo libro! ¡Qué osadía! ¡Qué temeridad!

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domingo, 6 de noviembre de 2016

La estrella que se enamoró del mar



Dedicado a esa otra Carmen… para que nunca más vuelva a tener miedo por las noches.

La estrella que se enamoró del mar

Carmen se llama la estrella que un día vio el mar y se enamoró de él. Le gustó tanto que quiso vivir para siempre junto a él.
¿carmen una estrella? No puede ser. Las estrellas tienen nombre de sol o qué sé yo. Bueno, están también las estrellas de mar y las estrellas de cine, pero Carmen no es ni de las unas ni de las otras. Carmen es una niña preciosa, de las que iluminan la noche de sus padres con la luz de la sonrisa y la ingenuidad.
Un día Carmen vio el mar. Vio que por cabello tenía olas, que por boca, espuma y por cintura, el horizonte. Según le miraba tenía un color azul chulo chulo o verde bonito o transparente diamante.
Se enamoró del mar, sí. De ese mar mágico y lleno de aventuras. Ella se imaginó surcándolo en un barco de vela de papel a lomos de un delfín para hacer de él su jardín y su casa y su universo..
Sus papás le dijeron que tenían que regresar a la ciudad en que vivían, que el cole la esperaba para que siguiera con sus estudios. Pero Carmen quería tanto al mar que no podía dejarlo así como así.
No sabía qué hacer. En su ciudad no había mar y ella se había enamorado del mar hasta las trancas. Ponía los pies para que las olas se enredaran en ellos, ponía las manos para que la espuma las lamiera con su risa, ponía su cuerpo para que el horizonte le abrazara con su inmensidad infinita.
Pensó entonces que le escribiría cartas de amor desde su ciudad. Aunque… y si el mar no sabía leer, ¿quién se las leería?
No, esa no era la solución. Tenía que buscar otra manera de no separarse de su amado aunque se fuera lejos de él.
¿Y si…? ¿Si se lo llevaba con ella? ¿Cómo? En una botella no cabía; en la maleta, tampoco. Además, la arena de la playa se quedaría huérfana, sola sin su mar. No podía ser, no no. Carmen no quería que la arena estuviera triste porque también le gustaba mucho esa arena fina y calentita con la que había jugado a construir palacios de princesas. Esa arena como de confites y azúcar.
Entonces vino un viejo marinero y al verla triste le preguntó qué le pasaba. Y Carmen se lo explicó. Y el viejo marinero puso su mano ruda y nudosa en la mejilla fina y lisa de ella y le dijo:
-Toma mi gorra. Cada vez que te la pongas… el mar irá contigo. Mira… es azul, huele a sal marina y en su interior tiene olas.
Carmen la cogió entre sus manitas, era tan grande que casi no podía abarcarla. Al hacerlo sintió que podía sonreír.
-Pero… si me regala su gorra, usted tendrá frío por la noche y se mojará cuando llueva.
-Ah, no. Tengo otras. Aunque ésta es especial y por eso te la quiero regalar.
-¿Es especial?
-Sí, la compré en el puerto de Terranova en una tienda en la que se vendían los mejores aparejos para pescar ballenas. La he llevado muchas veces por todos los mares en que he navegado.
-¿Todos los mares son igual de bonitos? ¿Es que hay más mares? Yo no quiero conocer otro que no sea éste. Este mar mola tanto…
-Ay, niña mía. Cuando seas mayor querrás descubrir otros mares.
-No, señor. Yo siempre me quedaré junto a este mar.
-Anda, ponte la gorra. A ver cómo te queda. Uy qué chula. Jejejeje. Te tapa las orejas y la visera te da un aire de grumete la mar de divertido jajajaj.
-No se ría, oiga… Uaaala, si siento que el mar se ha subido a mi cabeza. Qué guay.
Pasó el tiempo, la estrella Carmen y sus papás retomaron la rutina en la ciudad que no tenía mar, pero Carmen nunca se separaba de su gorra. Casi no se la quitaba ni para dormir. ¡Una estrella con gorra! ¿Qué curioso.
Porque sí, Carmen siguió siendo la estrella que iluminaba las noches de sus papás con su sonrísa y su ingenuidad.
Hoy, esa misma Carmen, esa misma estrella, vuelve a su mar. Han pasado los años. Se ha hecho mayor. Ya la gorra de marinero no le queda grande, no le tapa las orejas ni le pone pinta de grumete. Carmen es una mujer hermosa, soltera, eso sí, pero que no ha perdido su brillo de niña. Durante todos esos años la vida la mantuvo alejada de su mar, más aún de lo que lo estaba cuando vivía en la ciudad. Sus padres tuvieron que emigrar por causa del trabajo. No ha podido volver hasta hoy.
Y hoy, cuando por fin puede regresar esperando recibir de nuevo el abrazo del horizonte y la sonrisa de la espuma se pregunta también si volverá a encontrarse con aquel viejo marinero.
Qué bien se siente sentada sobre la arena recibiendo aquellas mismas sensaciones que la hicieron enamorarse del mar. Se quita la gorra y…
Una gaviota se la lleva alto, muy alto, al cielo. Carmen verá reflejarse, mientras mira cómo desaparece su vieja gorra del viejo marinero, su rostro en una ola gigante que la envuelve. Y carmen, entonces, oh, maravilla de las maravillas, se convertirá ella también en ola y ya para siempre vivirá en su amado mar.
¿Y sabes qué? Que cuando alguien llega por primera vez a cierta playa, una ola gigante sale a saludarles sonriendo. Una ola en forma de estrella alargada y con el color azul marino y rayas amarillas. Si es tú caso, fíjate bien en ella. Es Carmen que sale a tu encuentro para enseñarte lo que es el amor de verdad.





  



  


    

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viernes, 4 de noviembre de 2016

Te sientas



Te sientas

Te sientas en el viejo banco del viejo parque. Tú también eres viejo. Todo es viejo, incluido el otoño.
Nada parece tener sentido en todo aquello.
No, no es un parque al que los niños irían a jugar ni en el que las parejas se declararían su amor eterno.
El banco está oxidado en su hechura y resquebrajado en su madera. Sí, claro, como tú.
Sí, como tú. ¿Y tú? Pobre viejo cansado y solo. Te sientas a esperar. A esperar, ¿a quién? ¿Qué?
Tú qué sabes.
Una cosa sí sabes: que no te puedes morir aunque quisieras. La muerte no es para ti.
  Quisiste la muerte, ella se prendó de ti y, cuando quiso quedarse contigo, la burlaste y, al hacerlo, te maldijo. Nunca volvería a encontrarse contigo. Vagarías eternamente vivo con la decrepitud de lo viejo. Los viejos árboles carcomidos, el viejo banco, el viejo parque, el viejo otoño. Todo lo viejo serías tú.
Nada hay de hermoso en tu vieja vida de viejo.
¿Qué pasó para que la muerte te maldijera con tanta saña?
Estabas en la trinchera en medio de la más cruenta guerra que jamás se haya dado. La muerte no dejaba de hacer su trabajo, tú la veías y la deseabas. Un nuevo proyectil cargado de gas mostaza cayó a tu alrededor. Los pulmones te ardían, los ojos quemaban tanto que ni siquiera les calmó la ceguera, las manos se agrietaron con el ácido.
La muerte se detuvo a tu lado, la viste, estaba a punto de alzarte con sus manos a la esquelética espalda.
Pero otra imagen se cruzó delante de ella con más fuerza. Era la imagen de Aurora, la novia que dejaste en el pueblo cuando te llamaron a filas. Le prometiste que mientras ella te acompañara permanecerías vivo.
Aurora, la vida; la otra, la muerte.
Y la muerte te maldijo para siempre.
¿Y Aurora?
Aurora se casó con otro.
Regresaste al pueblo, Aurora ya no era para ti. Creyendo que habías muerto, como le dijeron, se casó y cuando regresaste ya no era para ti.
Y ahora esperas eternamente a que la muerte olvide que hubo una madrugada en la que la despreciaste.
Te sientas en el viejo banco del viejo parque cuando el otoño es tan viejo. Crees que nadie vendrá a acompañarte.
-Hola, ¿puedo sentarme a tu lado?
-¿Aurora? ¿Eres Aurora?
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Aurora. Eres la muerte. Abrázame, abrázame.
La vida, la muerte. Descansas al fin. Ya nada es viejo, vuelves a ser cjoven, como si nada hubiera ocurrido, como si nunca hubiera habido una guerra y una maldición y un equívoco.
  

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viernes, 28 de octubre de 2016

La partida de cartas y otros estudios de la vieja dama

Cau Artistic presenta… La partida de cartas de otras historias de la Vieja Dama en imágenes. https://youtu.be/v9KHpIm7_RM Hazte con un ejemplar a por 10€  más gastos de envío remitiendo un correo electrónico a cauartistic@gmail.com Los beneficios obtenidos con su venta están destinados a la Fundación Le Atiendo.

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martes, 25 de octubre de 2016

El ladrón de cosquillas



El sábado tuve la suerte de conocer a una niña genial y encantadora, digna hija de su madre. Me lo pasé tan bien con ella que le prometí escribirle un cuento. Espero que a Sonia le guste su cuento.
Besos para ella, tan molones como ella. Jjejejeje.

El ladrón de cosquillas

Es silencioso, es listo, es patoso… es el ladrón de cosquillas.
No se le ve, se cuela por entre los dedos de los pies y los sobaquillos. Has de tener muuucho cuidado. Si te roba las cosquillas no volverás a reír.
Había una vez, hace mucho tiempo, el rey de Mazapán Parampampán, un gigante del que decían ser el mayor refunfuñón del mundo mundial. Un día, el zorro, envidioso como ninguno y listo como el que más se dirigió al gigante:
-Si me das parte de tu poder, a cambio te daré lo que me pidas.
-Quiero algo. Dicen que en la tierra de los hombres, los niños se hacen cosquillas los unos a los otros y se ríen. A mí nadie me hace cosquillas. No sé qué es eso de reírse. ¿Me traerías eso? Es que aquí arriba no hay niños. Los niños son mi alimento. Niños y niñas tiernas, jugosas, uuuummmmmm, qué ricooooos, qué sabrosas.
Y el zorro se lo prometió y le fue llevando cosquillas. Un día, una niña, por mucho que sus amiguitos se las hicieran, no sentía nada; otro, le pasaba lo mismo al abuelo; y otro y otro y otro. Los mayores no se fijaban en que a sus hijos e hijas ya nada les hacía cosquillas, no se reían por eso. Sí, se reían cuando les hacían cucamonas o pedorretas, pero por las cosquillas nada de nada. Y no es lo mismo, no no. No hay nada mejor que reírse de cosquillas. ¿Te ha hecho alguien cosquillas?
Puede que a nadie le importase que ya no sirviera de nada hacer cosquillas en la barriguita o en las plantas de los pies o en los costados. Puede, o no. Es que… tampoco los enamorados lo sentían. Qué pena.
En un bonito bosque de los Apeninos, Sonia tenía un amigo. Era un lobezno. Sonia correteaba y brincaba por la senda entre los pinos y los álamos. El lobezno era su mejor amigo. Ella era de las pocas a las que el malvado zorro no había podido robarle las cosquillas porque el lobezno la protegía.
El zorro, harto y más que harto, de que Sonia siguiera riéndose de cosquillas andaba rumiando la manera en que engañaría al fiel guardián de la niña. El zorro gruñía de rabia, arañaba los troncos de los álamos hasta dejarlos en nada, los pelaba como se pelan las frutas o las piruletas.
Un día, otro día, pasaba por allí la hiena y se fijó en el zorro y lo enfurruñado que estaba.
-Amigo zorro, ¿qué le sucede a su señoría? Tiene las garras hechas un asco.
-Calle, amiga hiena. No me diga nada. Estoy muy enfadado.
-¿Qué le sucede? ¿Es que ya no sabe cómo entrar en los gallineros de por acá? ¿Es que piensa que su pelaje ya no vale ni para escoba de bruja?
-Ay ay ay, resulta que acordé con el gigante rey de Mazapán Parampampán que si le llevaba todas las cosquillas del mundo me daría su poder. Y, claro, hay una niña a la que le protege mi primo el lobezno a la que no hay forma de que se las robe. Y entonces fracasaré y el gigante me convertirá en fosfatina.
-No se me preocupe, amigo zorro. Yo le diré la manera en que distraer al lobezno mientras usted le roba las cosquillas a la mocosina.
Así acordaron hiena y zorro. La hiena engatusaría a lobezno y zorro robaría a Sonia.
Dicho y hecho.
Todo se planea mientras las petunias hacen guiños traviesos a la macedonia y a la sajonia.
La hiena se disfraza de bocadillo de chorizo. Está segura de resultar irresistible al lobezno, con su buena pinta… para comérsela. Mientras, el zorro se abalanzará sobre Sonia y la dejará desnuda de sonrisas. Esa es la idea y no otra. La hiena se merendará a lobezno y zorro capturará su botín.
Pero, claro. Ni lobezno se chupa el dedo ni Sonia es un adoquín.
Cuando se le ponga a tiro de hocico el supuesto bocata de chorizo, lobezno lo olerá y se dará cuenta de que es una trampa por mucho que el aspecto sea de lo más apetitoso.
Y Sonia, que de tonta no tiene un pelo, cuando vea que un zorro peluchón la corteje, dará un salto y se subirá a la rama del árbol más frondoso. Y encima le sacará la lengua.
Pero más aún, le tirará una nuez y le pegará con ella en el cogote, dejándolo turulato.
Así acabará el temido ladrón de cosquillas mientras a lo lejos se oirá un rugido como de volcán en erupción. Es que el gigante se dará cuenta de que se ha quedado sin su ración diaria de cosquillas.
Pronto, otra vez los niños y niñas volverán a tener cosquillas, los adultos al enamorarse recuperarán las cosquillas en el estómago y los abuelos recobrarán aquello que sus nietos les hacían con tanto gusto.
Y todo, todo esto gracias a que Sonia, la niña más lista de los Apeninos será capaz de derrotar, en singular batalla, al ladrón de cosquillas, el zorro peluchón.
   



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